D'Cuba Jazz
Domingo, 22 de Agosto, 2021
Estamos ante un disco que seduce desde la primera nota. El oyente,
hipnotizado por su minimalismo y su poética evocadora, se convierte
rápidamente en cómplice de un viaje íntimo y emotivo por los paisajes
sonoros del nacionalismo musical latinoamericano. Este rejuego entre
presente y pasado se sirve del jazz para mostrar las múltiples
conexiones culturales entre los países que integran la América nuestra.
Para ello, Rolando Luna y Gastón Joya seleccionaron varios compositores
clásicos que reflejaron en su obra los sonidos de la música popular o
tradicional: Ernesto Nazareth en Brasil, Julián Aguirre y Alberto
Ginastera desde Argentina y Manuel Saumell, Ignacio Cervantes y Amadeo
Roldán, en representación de Cuba.
Estos autores, que vivieron el paso del siglo XIX al XX —debatiéndose
entre las postrimerías del romanticismo y el advenimiento de las
vanguardias musicales—, encontraron en el lenguaje de la microforma
pianística el vehículo ideal para canalizar sus preocupaciones
nacionalistas. Para ellos, el romanticismo decimonónico sirvió de
terreno común en el desarrollo de expresiones estilizadas de la música
nacional, que luego marcaron el imaginario colectivo del continente.
Roldán y Ginastera pertenecen a una generación ligeramente posterior,
pero también signada por inquietudes folklóricas. Y justo la inclusión
de la “Danza del tambor” de Roldán como cierre del disco /Fusión de
almas/ ejemplifica la evolución del lenguaje compositivo de los
creadores latinoamericanos, en su búsqueda por reflejar de manera más
genuina los sonidos de la música popular o folklórica.
Los seis compositores mencionados se convirtieron, por azar, en objeto
del nuevo disco de Rolando Luna y Gastón Joya; la selección fue
resultado de un ejercicio harto conocido para el intérprete en activo:
la escucha compartida de una carpeta de música facilitada por un colega
o amigo. Los jazzistas descubrieron la música de Nazareth y Aguirre en
el transcurso de una gira. Del acercamiento a estas obras de increíble
riqueza, que además revelaban puntos en común con el repertorio
danzístico nacional (del cual Saumell y Cervantes son los grandes
paradigmas), surge la idea de versionar, de manera conjunta, algunas de
las piezas para el formato de piano y contrabajo. Así se comenzó a tejer
un diálogo cultural que propone múltiples “fusiones”: la unión de dos
músicos y amigos que se conocen profundamente después de tocar juntos
durante años; la interconexión de dos épocas —el pasado que inspira y el
presente que se renueva—; y, al fin, la comunión de dos universos que
suelen ser presentados como antagónicos: la música de concierto o
académica y la música popular.
Luna y Joya no se propusieron un disco convencional de jazz. Su
intención fue recrear el espíritu y estilo de cada obra sin alterar su
identidad, y sí, valiéndose de los recursos creativos e interpretativos
a mano. Cada improvisación enlaza de manera orgánica con el material
original de la pieza, aprovechando entonaciones y patrones rítmicos
originales. La creatividad y el alcance de la propuesta hacen posible
una escucha altamente emotiva, que ofrece múltiples planos de
interpretación. El conocimiento previo de los repertorios versionados
permite establecer una conexión afectiva inmediata, a partir de
asociaciones significantes con estos referentes sonoros, aunque no es un
requisito imprescindible para disfrutar del fonograma.
El viaje se inicia con la danza de Cervantes que da título al álbum:
“Fusión de almas”. Piano y contrabajo se unen en un diálogo sutil, que
sabe explotar el lirismo de la melodía y los vaivenes del bajo de la
pieza original. La armonía se enriquece con atinadas digresiones que nos
sitúan en el universo jazzístico, sin alejarnos demasiado de las
progresiones de la danza decimonónica. Le sigue “Danza de la moza” de
Ginastera, que aprovecha de forma inteligente el contrapunteo rítmico
propio del folklor argentino, presentado con gusto y picardía.
“Cuentos a Ninión” de Julián Aguirre aparece como tercer /track/ del
fonograma, un canto nostálgico que incorpora el empleo del arco para dar
calidez a la melodía desarrollada por el bajo.
Como centro del disco aparecen tres piezas de Ernesto Nazareth, este
pianista brasileño que supo conjugar a Chopin con la música del /choro/
brasileño: “Polka Cavaquinho”, “Vals” y “Odeón”. Regresa Cervantes con
“Invitación”, conectando al oyente cubano con un repertorio que le es
familiar; tal vez, por esta razón, los músicos decidieron mantener una
versión lo menos alejada posible del original, sin incorporar
improvisaciones. Saumell es presentado en el próximo /track/ a partir de
la contraposición de dos de sus contradanzas: “Los ojos de Pepa” y el
“Pañuelo de Pepa”; para la ocasión combinan los temas y las secciones de
ambas piezas.
El tópico del lamento del gaucho argentino aparece con “Aires
argentinos”, el arreglo más nostálgico y reflexivo del disco, donde se
recrean ambientes sonoros que indican un último reposo antes del cierre
eminente. La insigne “Danza del tambor” concluye de manera enérgica y
enfática este recorrido musical.
La curaduría del disco es uno de sus principales atractivos. Las
versiones fueron colocadas para compensar la escucha, alternando
caracteres y tempos, al punto de convertir la audición integral del
mismo en una experiencia amena y emotiva. Nada satura, no hay
estridencias ni excesos. Se trata de la relación íntima entre dos
instrumentos que explotan su potencial tímbrico sin necesidad de alarde:
el piano, con un toque nítido, perlado que nos recuerda a la tradición
de herencia chopiniana; el bajo, desde la calidez de su sonido, que
explota en los momentos de lirismo. El magistral trabajo de sonido, a
cargo de Orestes Águila, resalta la relación cameral entre los
instrumentos, con un trabajo de mezcla que permite apreciar los detalles
del juego continuo entre bajo y piano.
/Fusión de almas/ es de esas propuestas llamadas a perdurar. Ha llegado
para quedar inscrita en la discografía cubana como resultado de una
camaradería interpretativa, manifiesta en cada uno de sus exquisitos
arreglos musicales. Rolando Luna y Gastón Joya apuestan por reivindicar
un repertorio de transcendencia continental a partir de interconexiones
estéticas y espirituales, regresándonos con cada danza, contradanza y
tango a las raíces de nuestra identidad compartida.
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/Fusión de Almas/: la reinvención de un legado musical
NOTICIAS
/Fusión de Almas/: la reinvención de un legado musical

Por: Gabriela Rojas
Fecha: 2021.05.18
Fuente: La Jiribilla
Estamos ante un disco que seduce desde la primera nota. El oyente,
hipnotizado por su minimalismo y su poética evocadora, se convierte
rápidamente en cómplice de un viaje íntimo y emotivo por los paisajes
sonoros del nacionalismo musical latinoamericano. Este rejuego entre
presente y pasado se sirve del jazz para mostrar las múltiples
conexiones culturales entre los países que integran la América nuestra.
Para ello, Rolando Luna y Gastón Joya seleccionaron varios compositores
clásicos que reflejaron en su obra los sonidos de la música popular o
tradicional: Ernesto Nazareth en Brasil, Julián Aguirre y Alberto
Ginastera desde Argentina y Manuel Saumell, Ignacio Cervantes y Amadeo
Roldán, en representación de Cuba.
Estos autores, que vivieron el paso del siglo XIX al XX —debatiéndose
entre las postrimerías del romanticismo y el advenimiento de las
vanguardias musicales—, encontraron en el lenguaje de la microforma
pianística el vehículo ideal para canalizar sus preocupaciones
nacionalistas. Para ellos, el romanticismo decimonónico sirvió de
terreno común en el desarrollo de expresiones estilizadas de la música
nacional, que luego marcaron el imaginario colectivo del continente.
Roldán y Ginastera pertenecen a una generación ligeramente posterior,
pero también signada por inquietudes folklóricas. Y justo la inclusión
de la “Danza del tambor” de Roldán como cierre del disco /Fusión de
almas/ ejemplifica la evolución del lenguaje compositivo de los
creadores latinoamericanos, en su búsqueda por reflejar de manera más
genuina los sonidos de la música popular o folklórica.
Los seis compositores mencionados se convirtieron, por azar, en objeto
del nuevo disco de Rolando Luna y Gastón Joya; la selección fue
resultado de un ejercicio harto conocido para el intérprete en activo:
la escucha compartida de una carpeta de música facilitada por un colega
o amigo. Los jazzistas descubrieron la música de Nazareth y Aguirre en
el transcurso de una gira. Del acercamiento a estas obras de increíble
riqueza, que además revelaban puntos en común con el repertorio
danzístico nacional (del cual Saumell y Cervantes son los grandes
paradigmas), surge la idea de versionar, de manera conjunta, algunas de
las piezas para el formato de piano y contrabajo. Así se comenzó a tejer
un diálogo cultural que propone múltiples “fusiones”: la unión de dos
músicos y amigos que se conocen profundamente después de tocar juntos
durante años; la interconexión de dos épocas —el pasado que inspira y el
presente que se renueva—; y, al fin, la comunión de dos universos que
suelen ser presentados como antagónicos: la música de concierto o
académica y la música popular.
Luna y Joya no se propusieron un disco convencional de jazz. Su
intención fue recrear el espíritu y estilo de cada obra sin alterar su
identidad, y sí, valiéndose de los recursos creativos e interpretativos
a mano. Cada improvisación enlaza de manera orgánica con el material
original de la pieza, aprovechando entonaciones y patrones rítmicos
originales. La creatividad y el alcance de la propuesta hacen posible
una escucha altamente emotiva, que ofrece múltiples planos de
interpretación. El conocimiento previo de los repertorios versionados
permite establecer una conexión afectiva inmediata, a partir de
asociaciones significantes con estos referentes sonoros, aunque no es un
requisito imprescindible para disfrutar del fonograma.
El viaje se inicia con la danza de Cervantes que da título al álbum:
“Fusión de almas”. Piano y contrabajo se unen en un diálogo sutil, que
sabe explotar el lirismo de la melodía y los vaivenes del bajo de la
pieza original. La armonía se enriquece con atinadas digresiones que nos
sitúan en el universo jazzístico, sin alejarnos demasiado de las
progresiones de la danza decimonónica. Le sigue “Danza de la moza” de
Ginastera, que aprovecha de forma inteligente el contrapunteo rítmico
propio del folklor argentino, presentado con gusto y picardía.
“Cuentos a Ninión” de Julián Aguirre aparece como tercer /track/ del
fonograma, un canto nostálgico que incorpora el empleo del arco para dar
calidez a la melodía desarrollada por el bajo.
Como centro del disco aparecen tres piezas de Ernesto Nazareth, este
pianista brasileño que supo conjugar a Chopin con la música del /choro/
brasileño: “Polka Cavaquinho”, “Vals” y “Odeón”. Regresa Cervantes con
“Invitación”, conectando al oyente cubano con un repertorio que le es
familiar; tal vez, por esta razón, los músicos decidieron mantener una
versión lo menos alejada posible del original, sin incorporar
improvisaciones. Saumell es presentado en el próximo /track/ a partir de
la contraposición de dos de sus contradanzas: “Los ojos de Pepa” y el
“Pañuelo de Pepa”; para la ocasión combinan los temas y las secciones de
ambas piezas.
El tópico del lamento del gaucho argentino aparece con “Aires
argentinos”, el arreglo más nostálgico y reflexivo del disco, donde se
recrean ambientes sonoros que indican un último reposo antes del cierre
eminente. La insigne “Danza del tambor” concluye de manera enérgica y
enfática este recorrido musical.
La curaduría del disco es uno de sus principales atractivos. Las
versiones fueron colocadas para compensar la escucha, alternando
caracteres y tempos, al punto de convertir la audición integral del
mismo en una experiencia amena y emotiva. Nada satura, no hay
estridencias ni excesos. Se trata de la relación íntima entre dos
instrumentos que explotan su potencial tímbrico sin necesidad de alarde:
el piano, con un toque nítido, perlado que nos recuerda a la tradición
de herencia chopiniana; el bajo, desde la calidez de su sonido, que
explota en los momentos de lirismo. El magistral trabajo de sonido, a
cargo de Orestes Águila, resalta la relación cameral entre los
instrumentos, con un trabajo de mezcla que permite apreciar los detalles
del juego continuo entre bajo y piano.
/Fusión de almas/ es de esas propuestas llamadas a perdurar. Ha llegado
para quedar inscrita en la discografía cubana como resultado de una
camaradería interpretativa, manifiesta en cada uno de sus exquisitos
arreglos musicales. Rolando Luna y Gastón Joya apuestan por reivindicar
un repertorio de transcendencia continental a partir de interconexiones
estéticas y espirituales, regresándonos con cada danza, contradanza y
tango a las raíces de nuestra identidad compartida.
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