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DE INTERES: El mundo del Jazz, uno de los grandes olvidados en el Nueva York pandémico

Fecha: 2021.03.11
Fuente: EFE

Aunque el jazz nació en Nueva Orleans, con el paso del tiempo es Nueva York la que ha pasado a ser considerada la meca de este apreciado género musical, que sin embargo ha sido uno de los sectores más olvidados en un año de pandemia en el que los espacios íntimos y cerrados y la música en vivo quedaron vetados en la Gran Manzana.

«Este ha sido un templo de la música durante 71 años. Es la espina
dorsal de Nueva York. Así que hice todo lo posible a título personal por
mantenerlo con vida durante 10 meses», explica a Efe el dueño del
icónico Birdland, Gianni Valenti, frente a un escenario desierto y
rodeado de taburetes vacíos.

Su local de tonos rojizos, por donde antes de la pandemia pasaban unos
100 músicos por semana y donde han actuado gigantes del jazz como
Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Bud Powell, Miles Davis, Thelonius
Monk, Ella Fitzgerald o Billie Holiday, estuvo muy, muy cerca de
desaparecer en enero, pero Valenti decidió lanzar un SOS que alarmó a
Nueva York.

Gracias a una campaña de GoFundMe y un concierto solidario al que se
sumaron Bill Clinton, Whoopi Goldberg o Billy Joel, consiguió reunir
500.000 dólares que cree le durarán hasta otoño, cuando espera que las
cosas hayan vuelto a una relativa «normalidad».

Eso sí, Valenti deja muy claro que el Birdland se ha salvado gracias a
la solidaridad de los fans de la música y el jazz, y afirma que las
autoridades del estado prácticamente les han abandonado a su suerte.

«La música es lo que somos, es nuestra vida. Y creo que (las
autoridades) de la ciudad y el gobierno de nuestro país no han prestado
atención a lo que le está pasando a los artistas», apunta.

Y es que mientras los restaurantes han podido servir a clientes con
entregas a domicilio o en espacios exteriores buena parte de la
pandemia, los museos pudieron abrir sus puertas a finales de agosto, y
los estadios vibraron de nuevo a finales de febrero, los pequeños e
íntimos locales de jazz siguen prácticamente sin público.

Esta misma semana, vieron un rayito de luz al final del túnel cuando el
estado de Nueva York anunció que a partir del 2 de abril, se podrán
celebrar eventos musicales en salas cerradas, pero a un 33 % de su
capacidad, algo que para Valenti no es suficiente, ya que no es
económicamente viable abrir para poder acomodar sólo a unos pocos.

El «Jazz Standard», uno de los locales de jazz más importantes de Nueva
York, no pudo aguantar como el Birdland, y el pasado 3 de diciembre
anunció su cierre definitivo, mientras que otros locales como Smalls
también han visto de cerca la «muerte», y ha conseguido sobrevivir
gracias a conciertos retransmitidos por internet.

Al margen de esporádicas campañas de recolección de fondos, algunas
entidades privadas, como la Louis Armstrong Foundation, han echado un
enorme número de salvavidas al mar, a los que se han agarrado más de
1.200 músicos de jazz de Nueva York.

La institución, fundada con fines educativos por el inigualable
trompetista Louis Armstrong, decidió dedicar un millón de dólares de sus
fondos a ayudar a 1.000 músicos de jazz con becas de 1.000 dólares, y
tras conocerse su iniciativa, consiguieron 200.000 dólares más, por lo
que al final el número de artistas beneficiados fueron 200 más.

La idea de ayudar única y exclusivamente a músicos de jazz, explica a
Efe la directora de la Louis Armstrong Foundation, Jackie Harris, viene
del hecho de que la comunidad de este género musical es muy pequeña, y
no cuentan con el apoyo de las masas.

«Los únicos que organizan conciertos y que apoyan el jazz son los
amantes del jazz, mientras que por ejemplo las comunidades de ‘Rythm and
Blues’ (R&B), de la música ‘country’ o del pop son mucho más grandes»,
asegura Harris.

Algunos de los músicos que recibieron parte de los fondos, aseguró
Harris, se echaron a llorar con la buena noticia, porque decían que se
habían quedado sin qué comer, puesto que la mayoría de los músicos de
jazz no tienen ninguna otra fuente de ingresos más allá de los conciertos.

«Algunos son además profesores, pero los colegios también cerraron»,
recuerda.

Harris se queja también de la falta de acción del gobierno, pero apunta
además, sin titubeos, al sector privado, a las grandes empresas que han
seguido registrando colosales beneficios pese a la pandemia.

«Hay tantos ceros en sus márgenes de beneficio que es difícil de
concebir. ¿Qué es para ellos gastar medio millón de dólares en el apoyo
a músicos que no tienen trabajo y que no han tenido trabajo durante un
año?», plantea.

«Estamos todos juntos en esto, y eso no es sólo un eslógan. Es un hecho»,
sentencia.

Entre los beneficiados por la Louis Armostrong Foundation se encuentra
Joe Dyson, un joven batería que comenzó a tocar a los 2 años y que hace
unos años decidió trasladarse par aprobar suerte desde Nueva Orleans
hasta Nueva York, donde ha tocado con importantes músicos como Dr.
Lonnie Smith, Ellis Marsalis o Jon Batiste.

Con la energía que le otorgan sus 31 años, Dyson confiesa que la
institución le ha ayudado mucho, y que pese a la pandemia, con el apoyo
de la fundación ha podido «dar un paso atrás y descifrar cómo seguir
hacia delante».

«La naturaleza de esta música es siempre convertir un ‘nada’ en algo.
Veo muchos grandes músicos y grandes mentes que forman parte de esta
comunidad, y siempre están encontrando formas creativas de presentar
música y seguir llevándosela al público», afirma.

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