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DE INTERES: James P. Johnson: The Charleston & The Stride-Piano

Fecha: 2020.08.30
Fuente: Los latidos del Jazz

    James P. Johnson escribió la canción “The Charleston” dando nombre al
baile más loco y desenfrenado de todo el siglo XX. Un baile que todavía
evoca la época del jazz de las “flappers”, de las películas mudas de
Charlot o de la ginebra clandestina de “El Gran Gatsby”. James P.
Johnson es un músico que permanece casi invisible en nuestros días ya
que su nombre raras veces se menciona en conversaciones coloquiales en
las que se habla de jazz, pero su aportación a esta disciplina musical
fue importante, como veremos.

Johnson recuerda que la primera vez que vio bailar a unos ciudadanos de
la ciudad de Charleston, Carolina del Sur, fue en el año 1913 y en un
tugurio llamado Jungles Casino situado en el sector negro de Manhattan y
que también era conocido como “Hell’s Kitchen” (La Cocina del Diablo)
donde encontrarte un cadáver tendido en medio de la calle no causaba
ninguna sorpresa.
Johnson: “The Jungles” era simplemente un sótano sin ningún tipo de
mobiliario. La gente que iba allí era casi exclusivamente de Carolina
del Sur. Trabajaban bien de estibadores o de marineros. Ellos bailaban
gritando y aullando hasta que caían redondos. Permanecían toda la noche
o hasta que sus zapatos se desgastaban, después de haber estado
trabajado duramente en los muelles durante el día. El baile se componía
de varios pasos regulados, pero no tenía nombre. Mientras yo toqué para
estos danzantes sureños compuse un total de ocho “charlestons”, todos
con ese puñetero ritmo. Uno de ellos fue muy famoso en Broadway y yo lo
titulé simplemente “Charleston”.

El 29 de octubre de 1923 se estrenó en el New Colonial Theatre de
Broadway el musical en dos actos titulado “Runnin’ Wild” que llegó a 228
representaciones. La música la compuso James P. Johnson y la letra fue
escrita por Cecil Mack. En la obra se representaron dieciséis canciones
siendo la titulada “Charleston” la que cerraba el primer acto. La
interpretó la actriz y cantante Elizabeth Welsh junto al grupo de
bailarines. Todo el staff de producción, así como el casting del musical
estuvo a cargo de afroamericanos.
El poeta James Weldon Johnson una de las prominentes figuras del
“Renacimiento de Harlem” realizó este comentario a raíz de la
coreografía de la canción “Charleston”: “No dependía solo de la orquesta
– una extraordinaria banda de jazz – sino que la música se complementaba
con las palmadas y el golpeteo de los pies de los bailarines. El efecto
era eléctrico y contagioso. Era la mejor demostración de un baile con
ritmos complejos que yo había sido testigo; y no creo que Nueva York
haya sido anteriormente testigo de algo similar”.
El baile que surgió de la canción “Charlestón” caló profundamente en
todos los estratos de la sociedad blanca y negra norteamericana. El
periódico New York Times publicó un reportaje en el año 1925 en el que
aseguraba que todas aquellas familias blancas que tenían empleadas
afroamericanas les pedían que les enseñaran a bailar el baile de moda.
El “Charleston” fue objeto de portada del prestigioso magazine Life el
18 de febrero de 1928. Josephine Baker fue la bailarina que lo
popularizó en Paris desde los escenarios del Folies Bergère o del Casino
de Paris. En pocas semanas se bailaba en los teatros de revistas,
cabarets y night clubs de toda Europa.

Flappers

Coincidiendo con la llegada del “Charleston” surgió un importante
colectivo compuesto sobre todo por mujeres jóvenes en los EE.UU. que
recibieron el apelativo de “Flappers”. Entre sus transgresoras señas de
identidad se encontraba lucir maquillajes llamativos, cortes de pelo al
estilo “bob”, faldas más cortas y sobre todo realizar prácticas que
hasta ese momento estaban destinadas a los hombres como beber alcohol,
practicar deporte, fumar, conducir coches y frecuentar locales nocturnos
donde demostraban que eran unas expertas bailando el “Charleston”.
Pero para dominar esa danza de ritmos complejos las jóvenes necesitaban
libertad de movimientos y aquí entra una mujer a la que no se le
menciona en los tratados sobre el jazz, pero que su aportación al
“Charleston” fue definitiva.

Coco Chanel se burló de las convenciones sociales pregonando la alegría
de vivir armada con sus tijeras. Lo primero que hizo fue desencorsetar a
las señoras, darles libertad de movimientos, acortar sus faldas,
desplumar sus sombreros, deshacer rellenos. Impuso un look andrógino o
garçon con vestidos rectos y el cabello muy corto. Puso de moda los
collares de vueltas fabricados con piedras artificiales. En el año 1921,
el primero de los felices veinte, sacó al mercado su ya legendario
perfume, Chanel nº 5.
En definitiva, en los años veinte, a los que el novelista F. Scott
Fitzgerald describió como “la orgía más cara de la historia”, Coco
Chanel liberó a la mujer de su apretada forma de vestir dándole libertad
de movimientos para que, entre otras cosas, pudiera lucir con
personalidad ese largo collar de vueltas que recorría su estilizado
cuerpo mientras caminaba; para que pudiera bailar esa alegre música
afroamericana que surgió en los felices y locos años veinte y que junto
al aroma de su Chanel nº 5 perfumó todos y cada uno de sus maravillosos
y provocativos momentos.
Coco Chanel fue responsable directa, junto a James P. Johnson, de que
muchas mujeres escandalizasen a medio mundo bailando el “Charleston”.

Hasta aquí me he referido a James P. Johnson como compositor de la
canción “Charleston”, pero este músico posee su merecida parcela en la
historia del jazz también por otras razones.
James P. Johnson fue el padre del estilo pianístico denominado “stride
piano” que es el más difícil de tocar dentro de los empleados en el
jazz. Estuvo en boga en los años veinte (sobre todo) y en los treinta
del siglo pasado. Tratar de definirlo con palabras sería como hacer un
brindis al sol. La mano izquierda del pianista se mueve como si
estuviera tocando un woogie-boogie. La derecha como si tocara un ragtime
lírico, aunque los pianistas (llamados “ticklers”) introducen quiebras,
desfases rítmicos…  Os propongo escuchar el tema “Carolina Shout” (1921)
composición del propio Johnson e interpretado por él y la cuestión del
“stride” queda completamente aclarada.

Las competiciones entre músicos, los famosos “cutting contest”, que
forman parte de la historia y del presente del jazz, los popularizaron
los pianistas de “stride” en los años veinte y poseyeron una exclusiva
parafernalia antes de que el músico se pusiera a batallar. Nos lo cuenta
James P. Johnson: “Cada movimiento que hacíamos estaba estudiado, lo
habíamos practicado y perfeccionado como si se tratase de un tema de
difícil ejecución. Nadie se quitaba el abrigo o el sombrero antes de
estar ante el piano. Primero se colocaba el bastón sobre el atril. Luego
uno se quitaba el abrigo y lo colocaba sobre el piano con el forro hacia
arriba. Entonces nos quitábamos el sombrero delante del público. Se
sacaba entonces un pañuelo de seda y se quitaba el polvo del escabel del
piano. Se echaba un vistazo alrededor para ver si encontrábamos a
alguien conocido cerca del piano. Una vez localizado iniciábamos una
charla informal y comenzábamos a tocar algo agradable y sin tempo.
Algunos pianistas hasta cruzaban las piernas y continuaban conversando
con las personas cercanas. Hacía falta mucha técnica para tocar así,
charlando y con la cara y el cuerpo vueltos hacia el público. Y entonces
sin terminar la conversación ni volverse hacia el piano empezaban a
tocar sin avisar el tema para competir y con el “beat” adecuado. Esto
les volvía locos a todos”.
James P. Johnson fue durante muchos años el mejor pianista de “stride”,
nadie le pudo vencer en un “cutting contest”.  Esto le daba derecho a
competir en último lugar. Él esperaba a que los demás “ticklers” se
fueran eliminando entre si y peleaba con el que hasta ese momento era el
vencedor.
Grandes pianistas de “stride” fueron: Willie “The Lion” Smith, Fats
Waller, Luckey Roberts o Art Tatum.

James P. Johnson nació en Nuevo Brunswick, Nueva Jersey, el 1 de febrero
de 1894 y falleció en Jamaica, Nueva York, el 17 de noviembre de 1955,
Recibió una educación de piano clásico y fue alumno, entre otros, de un
discípulo de Rimsky-Korsakov. Escribió conciertos para piano, sinfonías
y una rapsodia titulada,“Yamekraw: A Negro Rhapsody”
<https://www.youtube.com/watch?v=DMUSRP_LL5Y> que fue estrenada en el
Carnegie Hall el 27 de abril de 1928. La orquesta estuvo dirigida por W.
C. Handy. Los solos de piano de la obra que en un principio los debía de
haber interpretado el propio Johnson (no pudo asistir al estar
dirigiendo la orquesta de la obra Keep Shufflin’) estuvieron a cargo de
su discípulo Fats Waller.
James P. Johnson con una formación clásica y con un futuro por delante
en ese universo musical prefirió adentrarse en tugurios de mala muerte
situados en barrios nada recomendables buscando inspiración para su
música. Y la encontró.

Nos falta por escuchar el tema “The Charleston”. Me hubiese gustado
encontrar una grabación realizada por Elizabeth Welsh la cantante que lo
interpretó en el musical “Runnin’ Wild” en 1923, pero parece que no
existe. En su lugar os propongo a Lovie Austin and Her Blues Serenaders
junto a la cantante Priscila Stewart. La grabación fue el 1 de abril de
1925.
Lovie Austin (1887-1972) fue una pianista, compositora, cantante y
además una de las pocas directoras de bandas de los años veinte. Ella y
Lil Hardin (Armstrong) serán las figuras femeninas de jazz más
importantes de esos años.

La letra de la canción “The Charleston” dice así:
Charlestón, Charlestón / fabricado en Carolina / Algo de baile, algo de
brincos / Te diré / que no hay nada más alegre que el charlestón /
Charlestón / Dios, cómo puedo arrastrar los pies / Cada paso que das te
lleva a algo diferente / Tío, te diré que es una pasada / Brincos,
vuelos / Parecerá que es algo que vuelve / Pero el charlestón / El nuevo
charlestón / Este baile seguramente te va a cautivar / Algunas veces
bailarás a compás / el baile llamado charlestón / fabricado en Carolina.

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