D'Cuba Jazz
Viernes, 27 de Agosto, 2021
Visita Holguín frecuentemente y aprovecha las estancias para intercambiar con amigos y nuevos seguidores de su trabajo. Hace unos meses lo vimos en la sala Alberto Dávalos y en la UNEAC, dos lugares donde subrayó su condición de magnífico pianista dedicado al jazz.
Nos encontramos una tarde, en la sala Patria de Tele Cristal. Hablamos sin mucho formalismo, recostados a un piano que él solo miraba. Tuvo ganas de tocarlo, lo sé, pero no era de música que iba la tarde. O sí, iba de música, pero a través de palabras. Hoy les presento aquella conversación.
Tú que andas por Europa hace tiempo, podrías haberte encontrado con Bebo Valdés. ¿Le debes algo a su estilo?
-De cierta manera yo los escuché, porque mi papá era trompetista de música cubana, pero fanático al jazz y a las jazz band. Pero, con el que tengo más contacto natural es con Chucho Valdés. Me aprendí la música de Chucho, los solos de Chucho…También me aprendí los solos de Emiliano Salvador. Disfruté de la música de ellos y aprendí. Fueron mis primeras
influencias, después vinieron los músicos norteamericanos. De ellos comencé a producir mi propio sonido.
¿Has tocado con Chucho?
-A dos pianos, en Italia. Estaba en Holanda. Sonó el teléfono y alguien comenzó a hacerme bromas, a cambiarme la voz. Yo le dije: “Chucho eres tú”. Me dice: “Sí, te estoy llamando porque quiero invitarte a tocar a dos pianos”. Hicimos el concierto y quedó muy lindo. Para mí fue un honor.
¿Qué le aportó o le quitó a tu obra haberte instalado en Holanda?
-Me aportó. El latino tiene una energía, esa cosa visceral que te hace tocar como si fuera la última vez que vas a tocar en la vida. El europeo tiene aquella cosa de planificarse. Cuando comparas la música clásica, Mozart, Beethoven. Todos ellos escribían sus obras. Creo que ese temperamento está influenciado por el clima. Si el lugar donde vives es frío, no puedes ponerte a inventar. Si te pones a inventar te mueres de frío. Tienes que planificarte antes del invierno. Eso te evita cometer errores. Y eso se lleva a la música, te hace pensar
en los objetivos de tu obra, en la dirección a la cual quieren enrumbarla. Una vez que tienes eso, sueltas el latino y pones la otra parte que no tienes los de allá, la parte de kamikaze, esa del ahora mismo vamos a tocar. Por eso la estancia allá me agregó un componente
que es importante para un músico.
Entonces, para ti lo cubano viene siendo lo espontáneo.
-Si, lo espontáneo, esa cosa de ahora mismo, el pan caliente. Lo planificado, lo pensado te hace crear una estrategia que evita gastes las balas más rápido. Te preguntas adónde quieres llegar con un tema o con un concierto. Ese tipo de actitudes hacen falta también.
¿Antes de irte a Holanda cuántos discos habías grabado?
-Tenía el Levitando y el disco a piano solo, ambos con la PM Records, de Pablo Milanés. Después los discos pasaron a una discográfica española y perdí el contacto con Cuba, porque comencé a grabar fuera. Con el sello ACT grabé tres discos. Ahora tengo la posibilidad y el placer de grabar un segundo disco con mi propia discográfica, que se llama RVS Music. El
disco que terminé hace poco, Play Ground, fue con esta discográfica, y el que estoy terminado ahora es también con ella.
He escuchado tus quejas respecto a la distribución de tus trabajos
discográficos en Cuba. ¿Qué sucede?
-Se debe al cambio de discográfica. Primero grabé con la PM Records y después con una discográfica española. Hubo una desconexión con la Isla. La discográfica española mantenía contactos con la Isla; pero, apenas te encuentras un disco mío en el aeropuerto, por casualidad. Ahora intentaré que mis discos lleguen a Cuba. No por un asunto de dinero, sino porque quiero que la gente tenga acceso a esa música, que la gente sepa que yo sigo haciendo música. Tengo 9 discos en el mercado.
Nueve discos y hay una generación que pudiera desconocer tu trabajo…
-Es interesante eso. Mira…mi sobrino ganó el Jojazz 2010, primer lugar en interpretación del piano y tercer lugar en composición. Cuando él fue a estudiar a La Habana dice que en la escuela los muchachos que se interesaban por el jazz vieron que el tenía gusto por el género y lo hicieron parte de su equipo. Entonces le dijeron que le pasarían una información para que se acabara de “curar”. Le dijeron: “Coge este cassete, escúchalo y después lo devuelves”. Alejandro puso el cassete y, al escucharlo, les dijo: “¿Pero este es mi tío?” Entonces los muchachos se sorprendieron al escuchar aquello. En el Jojazz la mayoría de los
pianistas presentaban mi obra Levitando. Y no entiendo cómo nunca me han invitado a participar en ese evento. Mi primo, Maraca, asegura estar aburrido de escuchar Levitando en ese certamen cuando ha sido jurado. Ese es el gol, es un honor, a pesar de no estar en ninguna tienda de discos. Es lo mismo que pasa con Chucho y Emiliano. La música de
Emiliano es fuente de estudio en Holanda, sin embargo aquí no es muy difundida.
Sentimentalmente quién eras cuando compusiste Levitando.
-Levitando me salió tan fácil que dudé su originalidad. A veces mis composiciones son como partos. Siento que voy a parir. Me digo aquí viene algo…cógelo. El disco Levitando está lleno de partos. Salieron así. Y si volvieras salió así. Orientes López fue a visitarme una vez, yo estaba enfermo en casa, y fue a llevarme un tema que había hecho. De pronto me senté en el piano y le dije: “Escucha este tema”. Lo escuchó y entonces me aseguró algo: “Voy a tocar eso con Afrocuba, pero no es una composición, es un parto”. Él entendió la esencia del tema. A veces no me da tiempo a entender cómo sucede. Ahí es donde me doy cuenta que estoy danzando con la música en tiempo real, no en retrospectiva, sino en tiempo real. Como la filosofía del guerrero. El guerrero no tiene ni pasado ni futuro, es presente. Está aquí y muere ahora mismo. Es la misma idea.
¿Eres tú como el guerrero al tocar el piano?
-Así mismo. Te las estás jugando todo el tiempo, pero a mí me gusta.
¿Y en qué piensas cuando tocas?
-No pienso. La mente se queda libre. La música es la que me dice a dónde voy. No al contrario. A veces el conocimiento va en contra de la música. Cuando sale un muchacho de la universidad, esa cantidad de conocimientos, conocimiento bueno, no es música, tiene que entenderlo. Aprenderse 300 movimientos de Chopin o Rajmáninov no significa que haces
música, significa que desarrollaste un nivel técnico y un gusto para tocar. Pero danzar con la música es otra cosa, es rendirse, es dejar que ella te diga quién eres y, entonces, en ese momento quizás empieces a sonar con menos notas que cuando estudiabas a Chopin. Tienes que decir: Bienvenido. Graduarse no quiere decir que hay que tocar con un nivel. En la música todo es dejarse llevar. Hay que ser humilde para que la música fluya, es como saltar en un delta. Hay veces que estás en un concierto y notas que el músico toca, pero no mueve un pelo. Y se supone que tienes que aplaudir, aunque no sientas nada. Es el problema, la lucha entre el intelecto y la música. Hay que dejar que el genio salga.
¿Qué suerte han corrido los músicos de tu generación?
-Los músicos de mi generación teníamos una avidez por aprender. Lo daba la propia imposibilidad de acceder a discos. Lo que te cayera en la mano lo triturabas. Si te caía un disquito de Chick Corea te aprendías todos lo solos y hasta cómo respirabas. Tenías que profundizar el disco, memorizarlo, dejarlo en tu sistema. Quizás ahora, de alguna manera, esa información llega y los muchacho son más tranquilos.
En mi generación están Gonzalo Rubalcaba, Orientes López, Gabriel Hernández, de Camagüey, que ahora anda por México. Músicos supertalentosos y, aunque no hubiera competencia, tenías la impresión de que debías hacer algo bueno. Cuando decido sonar a mi manera, fue un momento fuerte. Todos iban en otra dirección. Yo tocaba latin jazz, pero no en los códigos habituales. Sentía que mi público me seguía de verdad, de a corazón, porque yo no le iba a dar lo normal, sino otra música, aunque con acentos y aires cubanos.
¿Por qué todos se han ido, qué les faltaba?
-En un período había en Cuba más hincapié en la música tradicional, el son, la timba, que a mí me encanta. Soy seguidor de NG la Banda, de Isaac Delgado, pero en un momento todo estaba tan enfocado en eso que no teníamos espacio los jazzistas. La mayoría nos fuimos buscando nuevos horizontes musicales. Yo tuve la seguridad de que en Europa encontraría
resonancia para mi música, más que en Estados Unidos.
¿El cambio te hizo escuchar la música cubana de otro modo?
-Me alegra haber escuchado la música cubana desde otro ángulo. Hay muchos fanáticos de esta música, pero lo que la hace más grande, a ella y a los que la interpretan, es la posibilidad de viajar. Cuando viajas te das cuenta de que el mundo es muy grande y hay muchas verdades. No hay una sola verdad. Este toca rápido, aquel lento; pero, ¿cuál es la
diferencia? No importa la cantidad de notas para enviar un mensaje. Hay que ser buen mensajero. Esas verdades son necesarias. En Francia, cuando saqué el disco a piano solo, para el ACT, un crítico dijo: “Al fin Cuba nos muestra el lado elegante del piano”. Y yo exclamé: “¡Ah, qué bien!”. Y mira aquí hay muchos pianistas que tocan con elegancia y lirismo, pero en los momentos de tocar o grabar ponen esa elegancia fuera y se van con
el lado técnico, tratan de impresionarte con mil malabares. A veces la gente solo quiere que le llegues directamente, sin muchas vueltas. Y a mí me gusta volar por el piano, y correr por el piano, pero sé que hay que mandar un mensaje. Si no está, no me interesa la técnica.
¿Y cuál es el mensaje que has querido trasmitir con tu música?
-Todo depende del tema. Si el solo fluye, al punto de que eres capaz de volar con tu imaginación y crear tu propia historia mientras estoy tocando, ese es el gol. Si te mantienes en la silla no logré el gol. No es que tu pienses lo que yo quiera, sino que tengas la posibilidad de soñar, y hasta de olvidarte de que estoy tocando. Ese es el gol en cada
tema. El solo tiene que fluir. No importan las notas. Tiene que ser fluido, como un río, como un manantial. Y cuando regrese al tema, que la gente diga: “Que rico, cómo llegamos”. Es como un avión. Es lo que yo hago, llevar la música a un punto, dejar que fluya, y después aterrizar con ella.
Inicio
/
De Buena Tinta
/
Ramón Valle: “La música es la que me dice a dónde voy"
NOTICIAS
Ramón Valle: “La música es la que me dice a dónde voy"

Por: Leabdro Estupiñán
Fecha: 2012.08.06
Fuente: Ahora
Visita Holguín frecuentemente y aprovecha las estancias para intercambiar con amigos y nuevos seguidores de su trabajo. Hace unos meses lo vimos en la sala Alberto Dávalos y en la UNEAC, dos lugares donde subrayó su condición de magnífico pianista dedicado al jazz.
Nos encontramos una tarde, en la sala Patria de Tele Cristal. Hablamos sin mucho formalismo, recostados a un piano que él solo miraba. Tuvo ganas de tocarlo, lo sé, pero no era de música que iba la tarde. O sí, iba de música, pero a través de palabras. Hoy les presento aquella conversación.
Tú que andas por Europa hace tiempo, podrías haberte encontrado con Bebo Valdés. ¿Le debes algo a su estilo?
-De cierta manera yo los escuché, porque mi papá era trompetista de música cubana, pero fanático al jazz y a las jazz band. Pero, con el que tengo más contacto natural es con Chucho Valdés. Me aprendí la música de Chucho, los solos de Chucho…También me aprendí los solos de Emiliano Salvador. Disfruté de la música de ellos y aprendí. Fueron mis primeras
influencias, después vinieron los músicos norteamericanos. De ellos comencé a producir mi propio sonido.
¿Has tocado con Chucho?
-A dos pianos, en Italia. Estaba en Holanda. Sonó el teléfono y alguien comenzó a hacerme bromas, a cambiarme la voz. Yo le dije: “Chucho eres tú”. Me dice: “Sí, te estoy llamando porque quiero invitarte a tocar a dos pianos”. Hicimos el concierto y quedó muy lindo. Para mí fue un honor.
¿Qué le aportó o le quitó a tu obra haberte instalado en Holanda?
-Me aportó. El latino tiene una energía, esa cosa visceral que te hace tocar como si fuera la última vez que vas a tocar en la vida. El europeo tiene aquella cosa de planificarse. Cuando comparas la música clásica, Mozart, Beethoven. Todos ellos escribían sus obras. Creo que ese temperamento está influenciado por el clima. Si el lugar donde vives es frío, no puedes ponerte a inventar. Si te pones a inventar te mueres de frío. Tienes que planificarte antes del invierno. Eso te evita cometer errores. Y eso se lleva a la música, te hace pensar
en los objetivos de tu obra, en la dirección a la cual quieren enrumbarla. Una vez que tienes eso, sueltas el latino y pones la otra parte que no tienes los de allá, la parte de kamikaze, esa del ahora mismo vamos a tocar. Por eso la estancia allá me agregó un componente
que es importante para un músico.
Entonces, para ti lo cubano viene siendo lo espontáneo.
-Si, lo espontáneo, esa cosa de ahora mismo, el pan caliente. Lo planificado, lo pensado te hace crear una estrategia que evita gastes las balas más rápido. Te preguntas adónde quieres llegar con un tema o con un concierto. Ese tipo de actitudes hacen falta también.
¿Antes de irte a Holanda cuántos discos habías grabado?
-Tenía el Levitando y el disco a piano solo, ambos con la PM Records, de Pablo Milanés. Después los discos pasaron a una discográfica española y perdí el contacto con Cuba, porque comencé a grabar fuera. Con el sello ACT grabé tres discos. Ahora tengo la posibilidad y el placer de grabar un segundo disco con mi propia discográfica, que se llama RVS Music. El
disco que terminé hace poco, Play Ground, fue con esta discográfica, y el que estoy terminado ahora es también con ella.
He escuchado tus quejas respecto a la distribución de tus trabajos
discográficos en Cuba. ¿Qué sucede?
-Se debe al cambio de discográfica. Primero grabé con la PM Records y después con una discográfica española. Hubo una desconexión con la Isla. La discográfica española mantenía contactos con la Isla; pero, apenas te encuentras un disco mío en el aeropuerto, por casualidad. Ahora intentaré que mis discos lleguen a Cuba. No por un asunto de dinero, sino porque quiero que la gente tenga acceso a esa música, que la gente sepa que yo sigo haciendo música. Tengo 9 discos en el mercado.
Nueve discos y hay una generación que pudiera desconocer tu trabajo…
-Es interesante eso. Mira…mi sobrino ganó el Jojazz 2010, primer lugar en interpretación del piano y tercer lugar en composición. Cuando él fue a estudiar a La Habana dice que en la escuela los muchachos que se interesaban por el jazz vieron que el tenía gusto por el género y lo hicieron parte de su equipo. Entonces le dijeron que le pasarían una información para que se acabara de “curar”. Le dijeron: “Coge este cassete, escúchalo y después lo devuelves”. Alejandro puso el cassete y, al escucharlo, les dijo: “¿Pero este es mi tío?” Entonces los muchachos se sorprendieron al escuchar aquello. En el Jojazz la mayoría de los
pianistas presentaban mi obra Levitando. Y no entiendo cómo nunca me han invitado a participar en ese evento. Mi primo, Maraca, asegura estar aburrido de escuchar Levitando en ese certamen cuando ha sido jurado. Ese es el gol, es un honor, a pesar de no estar en ninguna tienda de discos. Es lo mismo que pasa con Chucho y Emiliano. La música de
Emiliano es fuente de estudio en Holanda, sin embargo aquí no es muy difundida.
Sentimentalmente quién eras cuando compusiste Levitando.
-Levitando me salió tan fácil que dudé su originalidad. A veces mis composiciones son como partos. Siento que voy a parir. Me digo aquí viene algo…cógelo. El disco Levitando está lleno de partos. Salieron así. Y si volvieras salió así. Orientes López fue a visitarme una vez, yo estaba enfermo en casa, y fue a llevarme un tema que había hecho. De pronto me senté en el piano y le dije: “Escucha este tema”. Lo escuchó y entonces me aseguró algo: “Voy a tocar eso con Afrocuba, pero no es una composición, es un parto”. Él entendió la esencia del tema. A veces no me da tiempo a entender cómo sucede. Ahí es donde me doy cuenta que estoy danzando con la música en tiempo real, no en retrospectiva, sino en tiempo real. Como la filosofía del guerrero. El guerrero no tiene ni pasado ni futuro, es presente. Está aquí y muere ahora mismo. Es la misma idea.
¿Eres tú como el guerrero al tocar el piano?
-Así mismo. Te las estás jugando todo el tiempo, pero a mí me gusta.
¿Y en qué piensas cuando tocas?
-No pienso. La mente se queda libre. La música es la que me dice a dónde voy. No al contrario. A veces el conocimiento va en contra de la música. Cuando sale un muchacho de la universidad, esa cantidad de conocimientos, conocimiento bueno, no es música, tiene que entenderlo. Aprenderse 300 movimientos de Chopin o Rajmáninov no significa que haces
música, significa que desarrollaste un nivel técnico y un gusto para tocar. Pero danzar con la música es otra cosa, es rendirse, es dejar que ella te diga quién eres y, entonces, en ese momento quizás empieces a sonar con menos notas que cuando estudiabas a Chopin. Tienes que decir: Bienvenido. Graduarse no quiere decir que hay que tocar con un nivel. En la música todo es dejarse llevar. Hay que ser humilde para que la música fluya, es como saltar en un delta. Hay veces que estás en un concierto y notas que el músico toca, pero no mueve un pelo. Y se supone que tienes que aplaudir, aunque no sientas nada. Es el problema, la lucha entre el intelecto y la música. Hay que dejar que el genio salga.
¿Qué suerte han corrido los músicos de tu generación?
-Los músicos de mi generación teníamos una avidez por aprender. Lo daba la propia imposibilidad de acceder a discos. Lo que te cayera en la mano lo triturabas. Si te caía un disquito de Chick Corea te aprendías todos lo solos y hasta cómo respirabas. Tenías que profundizar el disco, memorizarlo, dejarlo en tu sistema. Quizás ahora, de alguna manera, esa información llega y los muchacho son más tranquilos.
En mi generación están Gonzalo Rubalcaba, Orientes López, Gabriel Hernández, de Camagüey, que ahora anda por México. Músicos supertalentosos y, aunque no hubiera competencia, tenías la impresión de que debías hacer algo bueno. Cuando decido sonar a mi manera, fue un momento fuerte. Todos iban en otra dirección. Yo tocaba latin jazz, pero no en los códigos habituales. Sentía que mi público me seguía de verdad, de a corazón, porque yo no le iba a dar lo normal, sino otra música, aunque con acentos y aires cubanos.
¿Por qué todos se han ido, qué les faltaba?
-En un período había en Cuba más hincapié en la música tradicional, el son, la timba, que a mí me encanta. Soy seguidor de NG la Banda, de Isaac Delgado, pero en un momento todo estaba tan enfocado en eso que no teníamos espacio los jazzistas. La mayoría nos fuimos buscando nuevos horizontes musicales. Yo tuve la seguridad de que en Europa encontraría
resonancia para mi música, más que en Estados Unidos.
¿El cambio te hizo escuchar la música cubana de otro modo?
-Me alegra haber escuchado la música cubana desde otro ángulo. Hay muchos fanáticos de esta música, pero lo que la hace más grande, a ella y a los que la interpretan, es la posibilidad de viajar. Cuando viajas te das cuenta de que el mundo es muy grande y hay muchas verdades. No hay una sola verdad. Este toca rápido, aquel lento; pero, ¿cuál es la
diferencia? No importa la cantidad de notas para enviar un mensaje. Hay que ser buen mensajero. Esas verdades son necesarias. En Francia, cuando saqué el disco a piano solo, para el ACT, un crítico dijo: “Al fin Cuba nos muestra el lado elegante del piano”. Y yo exclamé: “¡Ah, qué bien!”. Y mira aquí hay muchos pianistas que tocan con elegancia y lirismo, pero en los momentos de tocar o grabar ponen esa elegancia fuera y se van con
el lado técnico, tratan de impresionarte con mil malabares. A veces la gente solo quiere que le llegues directamente, sin muchas vueltas. Y a mí me gusta volar por el piano, y correr por el piano, pero sé que hay que mandar un mensaje. Si no está, no me interesa la técnica.
¿Y cuál es el mensaje que has querido trasmitir con tu música?
-Todo depende del tema. Si el solo fluye, al punto de que eres capaz de volar con tu imaginación y crear tu propia historia mientras estoy tocando, ese es el gol. Si te mantienes en la silla no logré el gol. No es que tu pienses lo que yo quiera, sino que tengas la posibilidad de soñar, y hasta de olvidarte de que estoy tocando. Ese es el gol en cada
tema. El solo tiene que fluir. No importan las notas. Tiene que ser fluido, como un río, como un manantial. Y cuando regrese al tema, que la gente diga: “Que rico, cómo llegamos”. Es como un avión. Es lo que yo hago, llevar la música a un punto, dejar que fluya, y después aterrizar con ella.
Lo más leído de la semana



