D'Cuba Jazz
Viernes, 27 de Agosto, 2021
La música refleja emociones y estados. No solo de ánimo, sino del alma: Hay salud o sobra enfermedad. Hay alegría y tristeza. ¿Cuál es el estado del alma suya?, ¿cuál el de la nación? Por lo que uno escucha podríamos pensar que es provocadora y lasciva. A veces melancólica. A veces dispuesta. A veces cursi. A veces iracunda. Depende de qué parte proceda esa melodía, de qué sección, de qué vehículo. No soy estudioso de los hilos con los cuales se va formando la personalidad. Es terreno de la psicología y la sociología. Pero sí tengo algunos criterios referentes al gusto, que al final se conecta con la percepción, que al final se conecta con la conciencia. Y, parafraseando a Carlos Fuentes, hay buenas y malas conciencias, bueno y mal gusto.
Esto del gusto (sentido para percibir lo bello y lo feo, según el diccionario que tengo a mano) musical es terreno resbaladizo. Depende de la subjetividad. Podríamos estar semanas discutiendo el asunto. Alguien defiende hoy a capa y espada la música de aquellos peruanos llamados Los pasteles verdes, la de Los tigres del norte (del norte de México) o la de otro coterráneo de los tigres: Marco Antonio Solis. Otro podría condenar estas propuestas y tildarlas de patéticas. ¿Quién tiene la razón? Salomón podría decirnos: “Pasemos al reguetón”. ¿Tú también, hijo mío?
No se trata de censurar. Ni a los tigres, ni a los pasteles. Mucho menos al reguetón. Se trata de tener mesura. Si usted quiere escuchar música, escúchela según la lógica de la convivencia lo indica. No castigue con su gusto. Supongo sea problema moderno (y problema de incultura) la imposición musical. Si se tiene un gran equipo reproductor no quiere decir que deba usted condenar al vecino con los no sé cuántos watts de potencia a su favor. Cierre puertas y ventanas. Adquiera un audífono. Si conduce un ómnibus interprovincial, por favor, evite accidentes. De ser el responsable de un establecimiento público, ¡cuidado!: Es público. ¿Qué se escucha en los establecimientos públicos y estatales?
Otro es el problema en los medios de difusión. ¿Qué música debe pasar la radio y la televisión? ¿Qué letra debe reproducir este semanario? Eh ahí la cuestión: Los medios como agentes para encausar la percepción humana. ¿Cuál es la ganancia de un individuo que en su casa pone música cursi a todo volumen? Ninguna, pero ella connota algo: Tiene un buen equipo y un mal gusto. Sería como exponer en ciertas cuestiones que solo conciernen a la intimidad. Pero, ¿a quién le importa esconder su intimidad en épocas de parejas swnger? Advierta este ejemplo en los medios: Los realizadores, poniendo la música que le gusta al oyente, le otorgan popularidad a su programa. Y el hecho, supuestamente, denota en ellos actualización, que en el lenguaje popular quiere decir: Estar en la última.
Con una tradición musical tan extraordinaria como la nuestra, con una difusión tan impresionante desde los inicios, al decir de Carpentier en su investigación sobre el tema, descubrimos una vulnerabilidad apabullante. Amigos que han viajado al exterior vuelven asombrados de lo mucho que la música cubana se pasa por la radio en otros países. Y no solo las producciones musicales de los programas se confeccionan allá a base de La Charanga Habanera, Van Van, Anacahona o El Chacal. Ellos, más que nosotros, difunden obras de Félix Reina, Paulina Álvarez y Pérez Prado, Luis Casas, Arcaño y sus Maravillas, Blanca Rosa Gil o Antonio Machín. ¿Sabe usted quién es Antonio Machín? Un cantante cubano que hizo carrera y murió en España. ¡Felicitaciones para la doctora Ortiz!
El gran esfuerzo que realizan algunas instituciones culturales por difundir la música se desploma cuando al poder llegan mal gusto y desconocimiento. Que una instalación llamada Jazz Club haya dejado de ser centro del jazz, pese a sus buenos resultados económicos (logrados a base del mediocre gusto musical) no merece menor calificativo: Espantoso. Ignorar nombres esenciales de nuestra música por motivos ajenos a la propia cultura tendrá a largo plazo un efecto cancerígeno sobre nuestra cultura. Que un grupo de adolescentes vayan al parque un sábado en la noche entonando canciones de Miriam Hernández, Camilo Sesto o los Fórmulas V es síntoma de que algo sucede.
La música se escucha para recobrar un tiempo, para despertar sentimientos, para enajenarnos o por placer. Pero, debe encender el bombillo de alarma la recurrencia de un tipo de música a la cual no le quedan más méritos que haber pasado. Y note que no he acudido al célebre dilema: música clásica- música popular. Lo mío esta vez es cuestionar nociones, sin tecnicismos, sin teorización, sin falsedad. Se impone la tradición, la experiencia y mi gusto, eso sí.
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OPINIONES: El dilema de la recepción: La música

Por: Leandro Estupiñán Zaldívar
Fecha: 2012.07.03
Fuente: Ahora, Holguín
La música refleja emociones y estados. No solo de ánimo, sino del alma: Hay salud o sobra enfermedad. Hay alegría y tristeza. ¿Cuál es el estado del alma suya?, ¿cuál el de la nación? Por lo que uno escucha podríamos pensar que es provocadora y lasciva. A veces melancólica. A veces dispuesta. A veces cursi. A veces iracunda. Depende de qué parte proceda esa melodía, de qué sección, de qué vehículo. No soy estudioso de los hilos con los cuales se va formando la personalidad. Es terreno de la psicología y la sociología. Pero sí tengo algunos criterios referentes al gusto, que al final se conecta con la percepción, que al final se conecta con la conciencia. Y, parafraseando a Carlos Fuentes, hay buenas y malas conciencias, bueno y mal gusto.
Esto del gusto (sentido para percibir lo bello y lo feo, según el diccionario que tengo a mano) musical es terreno resbaladizo. Depende de la subjetividad. Podríamos estar semanas discutiendo el asunto. Alguien defiende hoy a capa y espada la música de aquellos peruanos llamados Los pasteles verdes, la de Los tigres del norte (del norte de México) o la de otro coterráneo de los tigres: Marco Antonio Solis. Otro podría condenar estas propuestas y tildarlas de patéticas. ¿Quién tiene la razón? Salomón podría decirnos: “Pasemos al reguetón”. ¿Tú también, hijo mío?
No se trata de censurar. Ni a los tigres, ni a los pasteles. Mucho menos al reguetón. Se trata de tener mesura. Si usted quiere escuchar música, escúchela según la lógica de la convivencia lo indica. No castigue con su gusto. Supongo sea problema moderno (y problema de incultura) la imposición musical. Si se tiene un gran equipo reproductor no quiere decir que deba usted condenar al vecino con los no sé cuántos watts de potencia a su favor. Cierre puertas y ventanas. Adquiera un audífono. Si conduce un ómnibus interprovincial, por favor, evite accidentes. De ser el responsable de un establecimiento público, ¡cuidado!: Es público. ¿Qué se escucha en los establecimientos públicos y estatales?
Otro es el problema en los medios de difusión. ¿Qué música debe pasar la radio y la televisión? ¿Qué letra debe reproducir este semanario? Eh ahí la cuestión: Los medios como agentes para encausar la percepción humana. ¿Cuál es la ganancia de un individuo que en su casa pone música cursi a todo volumen? Ninguna, pero ella connota algo: Tiene un buen equipo y un mal gusto. Sería como exponer en ciertas cuestiones que solo conciernen a la intimidad. Pero, ¿a quién le importa esconder su intimidad en épocas de parejas swnger? Advierta este ejemplo en los medios: Los realizadores, poniendo la música que le gusta al oyente, le otorgan popularidad a su programa. Y el hecho, supuestamente, denota en ellos actualización, que en el lenguaje popular quiere decir: Estar en la última.
Con una tradición musical tan extraordinaria como la nuestra, con una difusión tan impresionante desde los inicios, al decir de Carpentier en su investigación sobre el tema, descubrimos una vulnerabilidad apabullante. Amigos que han viajado al exterior vuelven asombrados de lo mucho que la música cubana se pasa por la radio en otros países. Y no solo las producciones musicales de los programas se confeccionan allá a base de La Charanga Habanera, Van Van, Anacahona o El Chacal. Ellos, más que nosotros, difunden obras de Félix Reina, Paulina Álvarez y Pérez Prado, Luis Casas, Arcaño y sus Maravillas, Blanca Rosa Gil o Antonio Machín. ¿Sabe usted quién es Antonio Machín? Un cantante cubano que hizo carrera y murió en España. ¡Felicitaciones para la doctora Ortiz!
El gran esfuerzo que realizan algunas instituciones culturales por difundir la música se desploma cuando al poder llegan mal gusto y desconocimiento. Que una instalación llamada Jazz Club haya dejado de ser centro del jazz, pese a sus buenos resultados económicos (logrados a base del mediocre gusto musical) no merece menor calificativo: Espantoso. Ignorar nombres esenciales de nuestra música por motivos ajenos a la propia cultura tendrá a largo plazo un efecto cancerígeno sobre nuestra cultura. Que un grupo de adolescentes vayan al parque un sábado en la noche entonando canciones de Miriam Hernández, Camilo Sesto o los Fórmulas V es síntoma de que algo sucede.
La música se escucha para recobrar un tiempo, para despertar sentimientos, para enajenarnos o por placer. Pero, debe encender el bombillo de alarma la recurrencia de un tipo de música a la cual no le quedan más méritos que haber pasado. Y note que no he acudido al célebre dilema: música clásica- música popular. Lo mío esta vez es cuestionar nociones, sin tecnicismos, sin teorización, sin falsedad. Se impone la tradición, la experiencia y mi gusto, eso sí.
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