D'Cuba Jazz
Domingo, 29 de Agosto, 2021
En este caso quiero distinguir el oficio, el compromiso y la inteligencia de Lázaro Valdés, un pianista que ha sabido andar con pie firme por los más despejados laberintos del jazz cubano y que al fin cuenta con un elocuente testimonio de su labor al frente de la agrupación Son Jazz mediante la grabación del disco Manteca, por la casa Bis Music, de Artex. Lázaro nos recuerda que el jazz y la descarga cubana, la que se puso en boga hacia la medianía del siglo pasado, en la llamada era de los combos, se entrecruzan en una trama inseparable, a tal punto que no es posible determinar dónde comienza y termina lo propiamente jazzístico en medio de la recreación de especies tan cubanas como la danza criolla, el danzón, son y el bolero. Debe tenerse en cuenta, también, que los músicos de la generación de Lázaro, y aún de las inmediatas anteriores, se formaron en una práctica cotidiana que desprejuiciadamente asumía lo de aquí y lo de allá; lo importante era hacer bien las cosas, y, sobre todo, transmitir un estado de gozo. En tal sentido, Lázaro pertenece de alguna manera al linaje del viejo Peruchín y del inolvidable Frank Emilio Flynn.
Manteca honra esa línea. Aunque por momentos se desplaza hacia los tópicos de la música popular bailable e introduce tonadas y estribillos que ponen en tensión la deseable coherencia del registro sonoro. Sé que ese es el costo de las exigencias cumplidas por la agrupación al presentarse en diversos escenarios extranjeros y nacionales concebidos para uso turístico.
Lo fundamental, insisto, está en el espíritu de la descarga, sustentada en los diálogos del piano con una espléndida y sólida base rítmica integrada por Orlando Diego Vidal en la percusión, la contrabajista Zayda Rodríguez, y sus colegas Fernando Tort y Jorge González Azzé.
Bajo ese concepto, el disco presenta una sobresaliente versión del tema que da título al fonograma, Manteca, de Dizzy Gillespie y Chano Pozo, que va mucho más allá de los estándares al uso, con un toque de humor postmoderno; una ingeniosa recreación del Estudio no. 10 op.12, de Chopin; y sorprendentes reinterpretaciones de la añeja contradanza San Pascual Bailón y los danzones Tres lindas cubanas, de Antonio María Roméu, y Las Alturas de Simpson, de Miguel Faílde; y una aproximación "afro" al costado hispano de Lecuona. Para refrescar, un socorrido estándar, Hojas muertas. Y una reverencia al legado del García Caturla de la Berceuse campesina.
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Son Jazz con pie firme
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Son Jazz con pie firme

Por: Pedro de la Hoz
Fecha: 2013.02.01
Fuente: Granma
En este caso quiero distinguir el oficio, el compromiso y la inteligencia de Lázaro Valdés, un pianista que ha sabido andar con pie firme por los más despejados laberintos del jazz cubano y que al fin cuenta con un elocuente testimonio de su labor al frente de la agrupación Son Jazz mediante la grabación del disco Manteca, por la casa Bis Music, de Artex. Lázaro nos recuerda que el jazz y la descarga cubana, la que se puso en boga hacia la medianía del siglo pasado, en la llamada era de los combos, se entrecruzan en una trama inseparable, a tal punto que no es posible determinar dónde comienza y termina lo propiamente jazzístico en medio de la recreación de especies tan cubanas como la danza criolla, el danzón, son y el bolero. Debe tenerse en cuenta, también, que los músicos de la generación de Lázaro, y aún de las inmediatas anteriores, se formaron en una práctica cotidiana que desprejuiciadamente asumía lo de aquí y lo de allá; lo importante era hacer bien las cosas, y, sobre todo, transmitir un estado de gozo. En tal sentido, Lázaro pertenece de alguna manera al linaje del viejo Peruchín y del inolvidable Frank Emilio Flynn.
Manteca honra esa línea. Aunque por momentos se desplaza hacia los tópicos de la música popular bailable e introduce tonadas y estribillos que ponen en tensión la deseable coherencia del registro sonoro. Sé que ese es el costo de las exigencias cumplidas por la agrupación al presentarse en diversos escenarios extranjeros y nacionales concebidos para uso turístico.
Lo fundamental, insisto, está en el espíritu de la descarga, sustentada en los diálogos del piano con una espléndida y sólida base rítmica integrada por Orlando Diego Vidal en la percusión, la contrabajista Zayda Rodríguez, y sus colegas Fernando Tort y Jorge González Azzé.
Bajo ese concepto, el disco presenta una sobresaliente versión del tema que da título al fonograma, Manteca, de Dizzy Gillespie y Chano Pozo, que va mucho más allá de los estándares al uso, con un toque de humor postmoderno; una ingeniosa recreación del Estudio no. 10 op.12, de Chopin; y sorprendentes reinterpretaciones de la añeja contradanza San Pascual Bailón y los danzones Tres lindas cubanas, de Antonio María Roméu, y Las Alturas de Simpson, de Miguel Faílde; y una aproximación "afro" al costado hispano de Lecuona. Para refrescar, un socorrido estándar, Hojas muertas. Y una reverencia al legado del García Caturla de la Berceuse campesina.
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