D'Cuba Jazz
Sábado, 28 de Agosto, 2021
Uno contempla perplejo al indignado de camisa lavada y recién planchá y piensa la que habría podido montar el camarada Marx (Groucho) con un material semejante. Lo menos, una edición actualizada de /Sopa de ganso/ con el aviso “basada en hechos reales”. Y es que no hay segmento social que no ande revolucionado por algún motivo, que hasta los músicos de
jazz lo están, y mira que les cuesta. Para no repetir lo ya dicho, remito a las anteriores “opiniones” de mis colegas Pérez Cruz y Turpin en las que se habla del tema con la autoridad y ecuanimidad debidas a partir de la carta que Guillermo McGill lanzó a la mar oceánica y
algunos hemos recogido y dado a la publicidad, en la que manifiesta su renuncio a tocar en el XXIX Festival de Jazz de Madrid. Esta carta, misiva o lo que sea, ha abierto ojos y consciencias a algunos, y hay quien ha despertado de su letargo de años como Drácula de su tumba, harto de que sean otros quienes les chupen la sangre. A la hora de chupar, mejor que sea uno el que tome la iniciativa… aunque mejor, no sigo por ahí.
Los hay que han suspendido sus conciertos alegando causa justificada y quienes se disculpan por tocar: “estamos enmarcados dentro del Festival de Jazz de Madrid pero quiero que quede BIEN CLARO que nosotros NO vamos a taquilla”, precisa Carlos González, “Sir Charles”, mayúsculas incluidas. “Después de la movida que ha habido al respecto y después de años de luchar por una profesión digna (y consiguientemente PERDIENDO
trabajo por ello), no quiero que se malinterprete mi aparición en tan denostado festival”. De aquí a que, juntos, los que han cancelado y los que no, y los que se lo están pensando, terminen tomando el Palacio de Invierno como viene a sugerir el nuevo Mihail Frunze surgido de las entrañas del Capitalismo en el vídeo de marras, va un trecho que, acaso, todos terminemos recorriendo si es que no morimos de inanición por el camino.
La cosa está chunga para todos y no sólo para los músicos de jazz. No hay gremio que se libre de la quema, salvo el de los políticos. Para ellos no hay crisis, y si la hay, no se les nota. Con esto que la cadena del cabreo se transmite de oficio en oficio con precisión matemática
aterradora. Los músicos se las tienen con los organizadores de conciertos, los organizadores con los políticos, los políticos de un lado con los del partido contrario, al final, a ninguno le faltan motivos para cabrearse. El sistema funciona así. “Te voy a contar la verdad”, le sueltan a uno según le ven los de uno y otro bando. El argumento es, básicamente, el mismo, cambia el papel del villano, el Ayuntamiento, que pasa del tema; la empresa organizadora, que se
aprovecha de los artistas, o los músicos, unos insolidarios todos ellos. En total me han llegado no menos de media docena de “versiones definitivas” de lo ocurrido, todas con su punto de verdad. Genial, salvo que uno tiene también sus propios problemas, si se me permite.
En esta caricatura de democracia en la que nos hallamos sumidos por mor de quienes sacan partido de nuestras miserias, lo único democrático es la crisis que no sabe de categorías y/o clases sociales. Músicos y no músicos, principiantes y consagrados, todos terminamos en el mismo hoyo, y a ver quién nos saca luego. La miseria moral adosada a la económica se
extiende como una mancha tóxica por el tejido social enmendándolo todo a su paso, y hasta Maribel Verdú (¿o fue Aitana Sánchez-Gijón?) se planta ante los corresponsales del corazón: “todo tiene su límite”, ha venido a decir después de que la empresa del teatro madrileño donde se halla trabajando le haya rebajado el cachet a la mitad. La cadena de cabreo se
extiende a la ciudadanía, “siglo veinte, cambalache”, que cantó el Santo Profeta Discépolo. La sensación de que esto no es lo que tocaba a estas alturas de partido nos acogota. Nuestros sueños, lo que somos, fuimos o pretendemos ser, no cuenta. La eternidad en 2012-13 tiene fecha de caducidad, o eso quieren que creamos.
¿Saben?: con crisis o sin ella, sigo siendo el mismo tonto enamoradizo y un punto huraño capaz de emocionarse hasta la lágrima cada vez que escucho al viejo Blakey graznando el más hermoso de los standards de la historia, /For all We Know/, en su, que yo sepa, única intervención cantada en disco (/Bluesiana Triangle/). Eso es lo que más me jode de la
crisis-estafa, que no le permite a uno hablar de las cosas que realmente importan, dale con la OCDE, el FMI y las agencias de calificación. Si uno consigue hablar de jazz, termina hablando de cualquier otra cosa -de boicots, festivales que no son y otros que son y no deberían ser, de tomas al Palacio de Invierno-, menos de jazz. Y a mi, lo que me gusta,
es el jazz, vaya por Dios.
Llevo medio siglo coleccionando momentos únicos (/bright moments/, los llamaba Rahsaan Roland Kirk) en los que el mundo, la crisis y la madre que los parió a todos ellos dejan de existir y sólo existe la Belleza; esas fugaces ráfagas de lucidez no necesariamente inducida en las que uno se siente sacudido por lo que no tiene explicación: un solo de Coltrane, Charles Trenet cantando “Que reste-t-il de nos amours”, aquel verso sublime de Benedetti… ponga el lector lo que sea más de su gusto.
En tiempos de penuria como los actuales, tenemos la obligación de seguir emocionándonos. Persigamos el lirio en medio del lodazal, la poesía entre los balances de cuentas. Nuestro destino ha de ser la búsqueda de la Belleza allá donde ésta se encuentre. Eso es algo que nunca nos podrán quitar.
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DE INTERES : El capitalismo y la Belleza

Por: Chema García
Fecha: 2012.12.17
Fuente: Cuadernos de Jazz, diciembre-2012
Uno contempla perplejo al indignado de camisa lavada y recién planchá y piensa la que habría podido montar el camarada Marx (Groucho) con un material semejante. Lo menos, una edición actualizada de /Sopa de ganso/ con el aviso “basada en hechos reales”. Y es que no hay segmento social que no ande revolucionado por algún motivo, que hasta los músicos de
jazz lo están, y mira que les cuesta. Para no repetir lo ya dicho, remito a las anteriores “opiniones” de mis colegas Pérez Cruz y Turpin en las que se habla del tema con la autoridad y ecuanimidad debidas a partir de la carta que Guillermo McGill lanzó a la mar oceánica y
algunos hemos recogido y dado a la publicidad, en la que manifiesta su renuncio a tocar en el XXIX Festival de Jazz de Madrid. Esta carta, misiva o lo que sea, ha abierto ojos y consciencias a algunos, y hay quien ha despertado de su letargo de años como Drácula de su tumba, harto de que sean otros quienes les chupen la sangre. A la hora de chupar, mejor que sea uno el que tome la iniciativa… aunque mejor, no sigo por ahí.
Los hay que han suspendido sus conciertos alegando causa justificada y quienes se disculpan por tocar: “estamos enmarcados dentro del Festival de Jazz de Madrid pero quiero que quede BIEN CLARO que nosotros NO vamos a taquilla”, precisa Carlos González, “Sir Charles”, mayúsculas incluidas. “Después de la movida que ha habido al respecto y después de años de luchar por una profesión digna (y consiguientemente PERDIENDO
trabajo por ello), no quiero que se malinterprete mi aparición en tan denostado festival”. De aquí a que, juntos, los que han cancelado y los que no, y los que se lo están pensando, terminen tomando el Palacio de Invierno como viene a sugerir el nuevo Mihail Frunze surgido de las entrañas del Capitalismo en el vídeo de marras, va un trecho que, acaso, todos terminemos recorriendo si es que no morimos de inanición por el camino.
La cosa está chunga para todos y no sólo para los músicos de jazz. No hay gremio que se libre de la quema, salvo el de los políticos. Para ellos no hay crisis, y si la hay, no se les nota. Con esto que la cadena del cabreo se transmite de oficio en oficio con precisión matemática
aterradora. Los músicos se las tienen con los organizadores de conciertos, los organizadores con los políticos, los políticos de un lado con los del partido contrario, al final, a ninguno le faltan motivos para cabrearse. El sistema funciona así. “Te voy a contar la verdad”, le sueltan a uno según le ven los de uno y otro bando. El argumento es, básicamente, el mismo, cambia el papel del villano, el Ayuntamiento, que pasa del tema; la empresa organizadora, que se
aprovecha de los artistas, o los músicos, unos insolidarios todos ellos. En total me han llegado no menos de media docena de “versiones definitivas” de lo ocurrido, todas con su punto de verdad. Genial, salvo que uno tiene también sus propios problemas, si se me permite.
En esta caricatura de democracia en la que nos hallamos sumidos por mor de quienes sacan partido de nuestras miserias, lo único democrático es la crisis que no sabe de categorías y/o clases sociales. Músicos y no músicos, principiantes y consagrados, todos terminamos en el mismo hoyo, y a ver quién nos saca luego. La miseria moral adosada a la económica se
extiende como una mancha tóxica por el tejido social enmendándolo todo a su paso, y hasta Maribel Verdú (¿o fue Aitana Sánchez-Gijón?) se planta ante los corresponsales del corazón: “todo tiene su límite”, ha venido a decir después de que la empresa del teatro madrileño donde se halla trabajando le haya rebajado el cachet a la mitad. La cadena de cabreo se
extiende a la ciudadanía, “siglo veinte, cambalache”, que cantó el Santo Profeta Discépolo. La sensación de que esto no es lo que tocaba a estas alturas de partido nos acogota. Nuestros sueños, lo que somos, fuimos o pretendemos ser, no cuenta. La eternidad en 2012-13 tiene fecha de caducidad, o eso quieren que creamos.
¿Saben?: con crisis o sin ella, sigo siendo el mismo tonto enamoradizo y un punto huraño capaz de emocionarse hasta la lágrima cada vez que escucho al viejo Blakey graznando el más hermoso de los standards de la historia, /For all We Know/, en su, que yo sepa, única intervención cantada en disco (/Bluesiana Triangle/). Eso es lo que más me jode de la
crisis-estafa, que no le permite a uno hablar de las cosas que realmente importan, dale con la OCDE, el FMI y las agencias de calificación. Si uno consigue hablar de jazz, termina hablando de cualquier otra cosa -de boicots, festivales que no son y otros que son y no deberían ser, de tomas al Palacio de Invierno-, menos de jazz. Y a mi, lo que me gusta,
es el jazz, vaya por Dios.
Llevo medio siglo coleccionando momentos únicos (/bright moments/, los llamaba Rahsaan Roland Kirk) en los que el mundo, la crisis y la madre que los parió a todos ellos dejan de existir y sólo existe la Belleza; esas fugaces ráfagas de lucidez no necesariamente inducida en las que uno se siente sacudido por lo que no tiene explicación: un solo de Coltrane, Charles Trenet cantando “Que reste-t-il de nos amours”, aquel verso sublime de Benedetti… ponga el lector lo que sea más de su gusto.
En tiempos de penuria como los actuales, tenemos la obligación de seguir emocionándonos. Persigamos el lirio en medio del lodazal, la poesía entre los balances de cuentas. Nuestro destino ha de ser la búsqueda de la Belleza allá donde ésta se encuentre. Eso es algo que nunca nos podrán quitar.
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