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HISTORIA

Originalidad y tradición en la cultura norteamericana

Por: Charles C. Mark
Fecha: 2012.05.10
Fuente: Correo de la UNESCO

    Cuando Ulyses S. Grant era Presidente de los Estados Unidos, solía atribuírsele la siguiente frase: «Sólo conozco dos melodías. Una es «Yankee Doodle», la otra no lo es.» Si se
quiere hablar de la política cultural en los Estados Unidos, hay que empezar por tener en cuenta la popularidad, constante a lo largo de su historia, de la actitud antiintelectual y anticultural que esa salida de Grant implica.
   Ciertamente, antes de la Guerra de la Independencia se construyeron teatros a los que la gente asistía, los conciertos constituían mensualmente un acontecimiento en muchas ciudades y las compañías de ópera y teatro ambulantes encontraban un público entusiasta en todo el territorio de los Estados Unidos. Sin embargo, todas estas manifestaciones reflejaban simplemente la necesidad que el pueblo norteamericano sentía de formar parte de la civilización europea y de expresar sus aspiraciones profundas aprovechando las riquezas de una cultura heredada.
    Debe señalarse también que, desde la época colonial, ciertos grupos subculturales crearon focos de actividad auténticamente creadora. Por ejemplo, en los bosques de Pensilvania y de Carolina del Norte los inmigrantes moravos conservaron una rica tradición musical. Acontecimientos europeos
como la Revolución Francesa y la insurrección alemana de 1848, que obligaron a ciertos grupos a exiliarse, enriquecieron culturalmente a los Estados Unidos, ya que esos exiliados conservaban en su nueva vida sus tradiciones.
    Sin embargo, hasta comienzos del presente siglo la corriente principal de la civilización norteamericana menospreciaba las artes, particularmente en sus manifestaciones autóctonas. Sólo
un pequeño porcentaje de la población se preocupaba por la calidad y la permanencia del arte. La mayoría iba creando un nuevo arte a medida que colonizaba un país nuevo, y hubieron de transcurrir varios decenios antes de que a esas nuevas formas de expresión se les reconociera verdadera importancia.
     Para poder tener una visión certera de la historia cultural de los Estados Unidos, no hay que olvidar tres factores importantes. El primero, y fundamental, es que los Estados Unidos se formaron totalmente gracias a la inmigración de personas pertenecientes a otras culturas. La única cultura
autóctona era la de los indios, a quienes los nuevos pobladores arrebataron sus tierras y destruyeron como pueblo. La cultura popular norteamericana tal como se fue desarrollando con el transcurso del tiempo es pues una síntesis de la cultura europea, la africana y, en menor grado, la
asiática.
    El segundo factor consiste en la importación de otras culturas y en el móvil principal de los primeros colonos. Hasta mediados del siglo XIX, los Estados Unidos fueron esencialmente un pueblo de agricultores, una nación que se colonizaba y se explotaba a sí misma. Sus ciudades constituían
centros de abastecimiento y comercio para quienes se dirigían hacia el oeste en busca de nuevas tierras. Los nuevos pobladores pasaban directamente de sus granjas pequeñas y pobres de Europa a las ricas e interminables praderas norteamericanas, donde podían adueñarse de cuanta tierra fueran capaces de cultivar y defender.
    Eran gente curtida, sobria y laboriosa, decidida a luchar contra los hombres y contra la naturaleza, pero poco inclinada al cultivo de las artes. Llevaban consigo su cultura campesina y siguieron practicándola en las aldeas y ciudades que construían a semejanza de las que dejaron en su
tierra natal. Los europeos se asombran de encontrar todavía hoy regiones de los Estados Unidos en las que el idioma común no es el inglés, sino el alemán, el noruego, el italiano o el
vasco.
   Las religiones protestantes constituyeron el tercer factor importante que influyó en el desarrollo cultural de los Estados Unidos. Siguiendo el ejemplo de los puritanos, cuyas creencias sólo permitían al hombre consagrarse al servicio de Dios y a su propia profesión, las otras sectas qui iban desarro¬
llándose añadían nuevos refinamientos en su esfuerzo por reprimir todo instinto artístico. Los uritanos prohibieron expresamente todas las manifestaciones artísticas, hasta el extremo de no permitir el empleo de colores vivos en la vestimenta. Todavía en 1870-1880, los dirigentes de las religiones metodista, presbiteriana y baptista discutían sobre la conveniencia o no conveniencia de las distracciones familiares, por no hablar del teatro, del baile o de otras diversiones populares. En 1872, la Convención Episcopal Metodista aprobó por mayoría una lista de «entretenimientos», entre ellos todas las manifestaciones artísticas, que quedaban prohibidas a sus fieles.
       En tales condiciones, tan nefastas para la cultura norteamaricana, ¿oómo lograron sobrevivir las artes? Por fortuna, la riqueza del nuevo continente era superior a cuanto pudiera imaginarse, y esa riqueza suponía la posibilidad de viajar. Los hijos de familia volvían a Europa para educarse y las esposas iban a Francia de compras.
   Los comerciantes, los artesanos y, finalmente, los artistas europeos empezaron a trabajar para los norteamericanos ricos. Así, un arquitecto alemán diseñó y construyó más de cincuenta de las más bellas mansiones que se levantaron en el sur del país, enseñando a la vez a los esclavos los
secretos de la carpintería, la talla en madera y la ebanistería. De este modo, el buen gusto se fue propagando por el territorio. De todos modos, fue la revolución industrial la que dio lugar al movimiento cultural más influyente y, al mismo tiempo, más discutible. Entre los años 1860 y 1917, es decir, en un periodo de 57 años, se fundaron la mayoría de las grandes instituciones artísticas. Entre las primeras figuran la Opera Metropolitana, el Museo Metropolitano y las orquestas de Nueva York y St. Louis, y cuando estalló la Primera Guerra Mundial, ya existían la mayor parte de las escuelas y establecimientos hoy célebres.
    Pero se trataba de una cultura importada, de un esfuerzo por imitar a las capitales europeas, no por crear una vida cultural propiamente norteamericana. No cabe duda de que muchos de los ricos mecenas que fundaban y frecuentaban esas instituciones, protegiéndolas celosamente contra toda
intrusión popular, carecían de verdadero sentido artístico.
    No obstante, mientras los magnates de la industria compraban en Europa una cultura congelada y empaquetada, se producían en los Estados Unidos una serie de cambios sociales. La sociedad se convertía de agrícola en urbana. Nuevas olas de emigrantes llegaban de Europa, esta vez con el propósito de establecerse y abrirse camino en las ciudades. Amplios barrios de las grandes ciudades se volvieron prácticamente extranjeros para los norteamericanos nativos y algunos lo siguen siendo todavía en nuestros días.
   Por otra parte, la población rural comenzó también a emigrar hacia las ciudades y a luchar por conseguir trabajo en las fábricas. Este fenómeno asestó un rudo golpe al protestantismo de orientación rural y familiar. Las gentes empezaron a frecuentar por millares los espectáculos de variedades, baratos y permanentes. Ello obligó a los dirigentes protestantes a escoger entre cambiar de actitud frente a los espectáculos o ver como se desintegraba la familia norteamericana, ya que los jóvenes preferían la butaca del teatro al banco de la iglesia.
    Este problema fue objeto de debate nacional hasta 1915, año en el que las diversiones públicas eran ya tan generalmente aceptadas que los pocos predicadores «de aldea» aun subsistentes
carecían de toda influencia.
   A medida que las más destacadas personalidades eclesiásticas pasaban por las taquillas de los espectáculos de variedades, los empresarios hicieron todo lo posible por conservar sus favores presentando programas edificantes y de buen tono. Fue durante este periodo cuando se desarrollaron y refinaron el gusto y el humor norteamericanos, mientras la técnica de producir películas anodinas y neutras se perfeccionaba en Hollywood. Hacia 1920, los teatros de variedades em pezaron a utilizar el cine en sus programas. Como los propietarios de las salas basaban su propaganda en el carácter de «diversión familiar» de sus espectáculos, los productores de Hollywood empezaron también a producir para este mercado tan importante.
    Mientras tanto, la cultura autóctona se desarrollaba en medio de la indiferencia general. Cierto es que, desde los primeros años del siglo XVII, abundaban los espectáculos musicales y teatrales, a los que asistían protestantes rebeldes, norteamericanos orientados culturalmente hacia Europa y miembros de religiones minoritarias, pero el talento creador y las ¡deas de origen norteamericano eran escasamente valorados en comparación con los que tenían su origen en Europa.
    La oposición de las Iglesias a toda manifestación artística impedía que muchas personas de talento se dedicaran al arte, si bien la literatura y la pintura no figuraban siempre entre los
pasatiempos prohibidos; algunos escritores y pintores norteamericanos eran incluso bien acogidos siempre que se sometieran a los cánones europeos. Sin embargo, durante todo el siglo XIX fue en Europa donde los artistas norteamericanos más originales y talentosos, desde Benjamin West
a Mary Cassât y Henry James, hallaron un clima más favorable.ç
   ¿Cuáles han sido, pues, las contribuciones puramente norteamericanas a la cultura mundial? Sólo cuando en el extranjero empezó a admirarse esas contribuciones, reconocieron los norteamericanos su valor y se convencieron de que su cultura era capaz de producir un arte original. A principios de
nuestro siglo, empezaron a considerarse como típicamente norteamericanas tres formas de arte: el jazz, un tipo muy peculiar de baile y la comedia musical. Los tres habían surgido de una situación represiva. Su origen se hallaba en una subcultura popular que podía expresarse libremente pero que
la mayoría de la sociedad norteamericana siguió considerando inaceptable hasta mucho después de que en otros países se le dispensara una acogida entusiástica.
   Como es bien sabido, el jazz nació de madre europea y de padre africano. Los negros esclavos o emancipados recogieron diversos instrumentos y melodías de Europa, añadiendo unos ritmos y una forma musical que eran propios de su sensibilidad. Partiendo de las procesiones funerales y
de los burdeles del sur, esta música se extendió hacia el norte y el este de los Estados Unidos hasta que el mundo entero terminó bailando al ritmo de los «blues». El jazz ejerció su influencia en los compositores europeos, y fue entonces cuando ciertos compositores norteamericanos serios
comenzaron a otorgarle carta de naturaleza artística.
       Hacia 1850, un bailarín de jazz danzaba al compás de complejos ritmos ante la aprobación entusiástica de los públicos de toda Europa, incluida la Reina Victoria. En cambio, por esos
años, ningún norteamericano que se respetase habría reconocido haber visto bailar al famoso Juba (William Henry Lane) o a cualquier otro bailarín de jazz.
     Cincuenta años más tarde, Isadora Duncan se vio prácticamente obligada a abandonar los Estados Unidos debido a sus ¡deas sobre la libertad del ritmo y del movimiento. Estos fueron
los orígenes de la llamada «danza moderna» que sólo recientemente ha conquistado un auténtico público, tras haber sido hasta hace cuarenta años una especie de cultura clandestina.
    L|a comedia musical nació en los Estados Unidos antes de la Guerra de la Independencia, desarrollándose constantemente desde el año 1796, fecha en la que un grupo de actores profesionales representó la primera comedia musical íntegramente norteamericana, «The Archers ». Una de las razones que explican este prurito de combinar el teatro y la música residía en la oposición de las autoridades locales, inspirada por las iglesias, al teatro propiamente dicho. Se pensaba que la música poseía cierto carácter moralizador y que no podía haber una comedia realmente mala si
en ella había canciones.
    Los espectáculos de actores-cantantes («minstrel shows»), los barcosteatros, las compañías ambulantes y aun los circos incluían en sus repertorios populares comedias musicales que hacían las delicias de los públicos de las zonas rurales y fronterizas. Debido en parte a la tradición nacida en
el este del país durante el siglo XVIII, pero también a la inexplicable atracción que en el norteamericano ejercen las melodías alegres, la comedia musical se desarrolló y floreció hasta imponerse en el mundo entero.
   Durante la segunda década del siglo actual, al mismo tiempo que los Estados Unidos empezaban a tener conciencia de su relativo poderío entre las naciones, el pueblo norteamericano se percataba de que una cultura tradicional norteamericana existía ya efectivamente o se estaba desarrollando rápi¬
damente. La década de 1920 a 1930 fue testigo de un gran florecimiento de la creación artística en los Estados Unidos. Desde que en 1901 se crearon los premios Nobel, los norteamericanos obtuvieron premios de la paz y de ciencias (el Premio de la Paz en 1906, el Premio de Física en 1907, etc.).
   En cambio, sólo en 1930 ganó Sinclair Lewis el Premio de Literatura, siendo así el primer artista norteamericano que obtuvo semejante consagración universal. Desde entonces, el mismo premio se ha otorgado a cinco escritores norteamericanos y a un autor nacido y educado en los Estados Unidos (T.S. Elliot).
    Este bosquejo de historia social de las artes en los Estados Unidos muestra lo difícil que es hablar de política cultural como prolongación de una cultura tradicional norteamericana. Muchos países han pasado en el curso de su historia por etapas en las que se estimulaba a la cultura y otras en
las que se la deprimía. Esos países han visto desarrollarse su arte popular desde su nacimiento en las tribus primitivas que en ellos se establecieron en los albores de la humanidad.
   Otras naciones han visto como sus ciudades se convertían en centros de cultura y comercio y conservaban su importancia a través de los siglos ; esas naciones aclamaban con orgullo
a sus artistas en plena posesión de su arte a medida que surgían como producto de una sociedad y de unas instituciones artísticas maduras. En cambio, los Estados Unidos no han conocido nada semejante.
    Su historia empieza con el aporte de diferentes culturas separadas de sus raíces tradicionales. El arte era oficialmente condenado por las poderosas y casi omnipresentes religiones «fundamentalistas». Durante los primeros cien años de su existencia, la nación se dispersó en la inmensidad de un continente salvaje.
   Ciudades que en el siglo XVIII poseían personalidad y refinamiento cultural se convirtieron en ciudades insulsas y ordinarias a medida que el centro vital de la nación se desplazaba hacia ¿I oeste. (Charleston, en Carolina del Sur, y Savannah, en Georgia, fueron en un tiempo metrópolis culturales de importancia nacional). Nueva Orleann pe`dió su interés y su atractivo en favor de Saint Louis y esta última en favor de Chicago tan pronto como el ferrocarril sustituyó al transporte fluvial. Sólo dos teatros de repertorio se han mantenido hasta la fecha durante más de veinticinco año y únicamente
dos orquestas pueden jactarse de existir desde hace más de cien años.
    La cultura norteamericana autóctona sólo adquirió su verdadera originalidad a principios de este siglo, cuando los compositores, dramaturgos y novelistas empezaron a expresar en sus obras el tono característico y único de Norteamérica. Su origen estaba en los ceremoniales indios y en la ardorosa
actividad de los colonizadores del Oeste, pero su expresión como forma espontáneamente comprensible no cristalizó hasta que la conquista de todo el país quedó terminada.
   Todo esto no sólo condiciona el alcance y el contenido de una política cultural, sino también la posibilidad de evaluar y de planificar eficazmente unos programas a largo plazo, aun en
el caso de que una filosofía políticaç

FLORECIMIENTO ARTÍSTICO Y CULTURAL
    Los Estados Unidos se enorgullecen de poseer 1.200 orquestas locales, 30.000 grupos de teatro no profesionales, de diez a quince millones de pintores aficionados y un gran número de ceramistas, tejedores, etc.
   Prácticamente todas las ciudades norteamericanas de más de 5.000 habitantes poseen, además de las bibliotecas del Estado, una biblioteca pública de interés general. Se calcula que alrededor de un diez por ciento de la población, unos veinte millones de personas, son lectores regulares, mientras que los demás sólo leen ocasionalmente. Las editoriales universitarias publican una parte importante de los libros norteamericanos.
   Además de las estaciones comerciales de televisión, existen en los Estados Unidos 140 estaciones de carácter público que transmiten únicamente programas culturales y educativos. En virtud de disposiciones legislativas recientes, la administración federal subvenciona un organismo semipúblico encargado de reunir en una sola cadena las diferentes estaciones de televisión educativa.
      En 1967 se creó en los Estados Unidos un Instituto Norteamericano de Cine gracias a diversas subvenciones equivalentes a 5.200.000 dólares. Estos fondos provenían de la administración federal, de fundaciones privadas y de las productoras cinematográficas comerciales. La función del Instituto consiste en formar cineastas jóvenes y en colaborar con las universidades para organizar cursos sobre estudios cinematográficos y fomentar dicho arte. Además, proporciona los fondos necesarios para que los jóvenes directores puedan realizar películas de carácter experimental. En 150 universidades de los Estados Unidos pueden seguirse cursos sobre cinematografía.
     Los grupos teatrales profesionales con residencia permanente son cada vez más numerosos en los Estados Unidos. En 1968 había en cincuenta ciudades compañías permanentes que epresentaban los grandes éxitos de Broadway y las obras clásicas más conocidas. Algunas de esas compañías montan también obras nuevas o experimentales. El último de los nuevos movimientos teatrales es el del llamado «teatro en la calle», el cual se interesa sobre todo por los aspectos sociales del teatro y por el desarrollo cultural de las clases pobres. Sus seguidores montan obras clásicas y modernas, piezas inéditas e improvisaciones en escenarios transportables, utilizando como lugar para la representación la calle, las iglesias, las escuelas o los descampados y solares.
    Los presupuestos de estas compañías, siempre precarios, suelen alimentarse con donativos públicos y privados. Actualmente existen en los Estados Unidos 28 grandes orquestas sinfónicas. Estas orquestas y otras 40 de menor importancia han recibido subvenciones por un valor de 82 millones de dólares para la creación de fundaciones.
    Desde 1950 se han construido unos 200 centros culturales en los Estados Unidos. Pero un estudio realizado por la National Endowments for the Arts calcula que se necesitarían 7.500 millones de dólares para dotar al pais de todos los servicios e instalaciones que el desarrollo del arte requiere. Esos centros suelen costearse mediante contribuciones privadas y públicas locales, con sólo participación ocasional de la administración federal o de los Estados federados. A veces se han empleado otros métodos de financiación menos ortodoxos. Por ejemplo, el Estado de Nueva Jersey costea el Garden Arts Center con el producto de los derechos de peaje en las autopistas. En Huntsville (Alabama) un impuesto municipal sobre los licores sirve para financiar el centro cultural. En
Tacoma (Estado de Washington) una prisión ha sido transformada en centro artístico.
    Aproximadamente el 85% de todas las sumas destinadas a las artes provienen en los Estados Unidos de ciudadanos particulares, de fundaciones o de otras organizaciones. Unas 1.500 fundaciones conceden anualmente en interés de las artes subvenciones por un valor aproximado
de 60 millones de dólares.
   Existen en los Estados Unidos 350 museos de arte. En casi la mitad de ellos se organizan exposiciones permanentes consagradas a las artes plásticas o a otras formas de arte.
    El jazz debe su gran riqueza Inventiva a los músicos negros de las grandes ciudades. Una de las formaciones más célebres de jazz a principios del siglo XX fue la Creole Jazz Band de Joe «King»
Oliver, a la que vemos en la foto de la izquierda, tomada en San Francisco en 1921. Un año después, entraba en la orquesta Louis Armstrong, el más grande trompetista del mundo. Las nuevas técnicas de grabación han prestado una nueva juventud a los viejos discos rayados de los grandes músicos de jazz
   Hoy, las necesidades culturales se transforman más rápidamente que antes, aparecen otras nuevas y los gustos del público cambian. De ahí que deba elegirse un marco lo suficientemente amplio para poder adaptar con flexibilidad los recursos a las exigencias de una vida cultural en rápida
evolución. Esta debe ser la actitud de los Estados Unidos.
    Los factores que aquí acabamos de bosquejar representan grosso modo la herencia con la que han de contar quienes dirigen la cultura norteamericana actual, a la hora de elaborar su
política y sus programas. Hay toda clase de razones para pensar que los Estados Unidos se encuentran en el umbral de una era de extraordinario florecimiento artístico. Su madurez
histórica les permite hacer frente a la situación del mundo. Gracias a su poderío económico, pueden sostener cualquier esfuerzo artístico, por muy amplio que sea. Además, sus compromisos internacionales imponen al país una participación cada vez mayor, junto con otros países, en todo tipo de empresas, entre ellas las de carácter artístico e intelectual.
   Por otro lado, mucho antes que otras naciones, los Estados Unidos han experimentado en toda su intensidad los efectos extremos de la Revolución Industrial, lo que les ha obligado a percatarse del peligro, actual o inminente, que corre el hombre de ser la víctima de su propia técnica.
   Es ya evidente que los Estados Unidos no dominan algunas situaciones en las que les ha colocado su adelanto técnico. La historia norteamericana ha llegado a una etapa en la que un retorno al humanismo se hace indispensable. Y, en efecto, el país parece enderezarse hacia la comprensión
clara del papel que la cultura puede desempeñar como contrapeso de la tecnocracia.

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